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Caminos que florecen
De una idea a una práctica que transforma: la historia de la impresión de placenta en el Hospital Provincial de Ovalle
Por Yennifer Márquez • 16 de septiembre 2026 • 5 min de lectura
Hay cambios que comienzan con grandes proyectos, reuniones o decisiones institucionales. Y hay otros que nacen de una manera mucho más sencilla: con una idea que alguien se atreve a proponer.
Catherine Mora Mora es matrona egresada de la Universidad de La Frontera y, en 2020, realizó el Diplomado Gestación, Parto y Nacimiento Humanizado de Escuela Renacer. Hoy se desempeña como matrona clínica en la Unidad de Urgencia Gineco-Obstétrica, Parto y Recién Nacido Inmediato del Hospital Provincial de Ovalle, donde trabaja desde 2020.
Esta es la historia de una de esas ideas que, con el tiempo, logró abrirse camino dentro de una institución: la incorporación de la impresión de placenta como parte de la experiencia que se ofrece a las familias después del nacimiento.
Volver a intentarlo
En 2020, Catherine llegó con una propuesta a su jefatura directa: incorporar la impresión de placenta como parte de la experiencia de nacimiento que se ofrecía a las familias. La respuesta inicial fue negativa: el contexto sanitario de ese momento y el desconocimiento respecto de esta práctica hicieron que la iniciativa no encontrara espacio para desarrollarse.
La idea quedó entonces en pausa, pero no desapareció. Quizás ahí comienza una parte importante de esta historia: una práctica puede no estar instalada en una institución, pero eso no significa que no pueda llegar a estarlo.
En 2022 hubo un cambio de jefatura y Catherine decidió volver a presentar la propuesta. Esta vez encontró una respuesta diferente: se autorizó realizar impresiones de placenta dentro de la unidad, quedando inicialmente bajo la responsabilidad de cada matrona que quisiera ofrecer esta experiencia. El 26 de mayo de 2022 se realizó la primera impresión de placenta, en el nacimiento de Maite.
Durante los primeros meses —entre mayo y noviembre de ese año—, los materiales eran adquiridos por las propias matronas y TENS que ofrecían este regalo a las familias. Lo que había comenzado como una iniciativa sostenida por la voluntad individual empezaba así a tomar forma dentro del hospital.
Pero pronto apareció una pregunta inevitable: ¿podía una práctica como esta sostenerse solamente gracias a la voluntad de quienes trabajaban en la unidad? La experiencia cotidiana mostró que había aspectos que necesitaban ser abordados de manera institucional. Faltaban insumos, la posibilidad de ofrecer la impresión dependía de quién estuviera acompañando el nacimiento y, además, existía una dificultad particular con las cesáreas: las placentas eran desechadas en pabellón central sin posibilidad de realizar la impresión. La iniciativa necesitaba dar un nuevo paso.
Cuando una experiencia individual comienza a convertirse en un proyecto colectivo
Fue entonces cuando el trabajo se vinculó con la estrategia Hospital Amigo, orientada a fortalecer una relación más cercana, amable, acogedora y participativa entre los establecimientos de salud, sus equipos y las familias.
En una primera reunión se pusieron sobre la mesa las principales dificultades que enfrentaba la práctica: la falta de insumos, su carácter voluntario y la imposibilidad de realizar impresiones en determinadas situaciones clínicas. La respuesta no fue simplemente buscar cómo conseguir materiales: el desafío pasó a ser sensibilizar al equipo directivo y construir un protocolo institucional.
Para eso, Catherine y el equipo llevaron a la conversación distintos elementos que permitieran fundamentar la propuesta: bibliografía relacionada con la placenta y su significado espiritual, interculturalidad, parto respetado y humanización en salud, además de experiencias nacionales e internacionales y una propuesta de inversión para ponerla en marcha.
Esta vez la respuesta fue distinta. El equipo directivo apoyó la iniciativa y entregó lineamientos para trabajar junto a áreas como IAAS, prevención de riesgos y comunicaciones. También autorizó la elaboración de un protocolo institucional, la creación de un molde propio y la compra de los insumos necesarios.
La impresión de placenta dejaba así de ser solamente una iniciativa que algunas profesionales podían ofrecer: comenzaba a convertirse en una práctica institucional.
Una transformación que también ocurre dentro del equipo
Quizás uno de los aspectos más interesantes de esta experiencia es que el cambio no ocurrió solamente en la relación entre el hospital y las familias, sino también dentro del propio equipo. Cecilia Castillo, matrona de la Unidad de Partos, cuenta que aprender a realizar impresiones placentarias significó también aprender de sus propias colegas:
«Lo aprendí de mis colegas más jóvenes, lo que nos demuestra que todas tenemos algo para transmitir y entregar, y que a pesar de nuestros años de experiencia siempre existe algo nuevo que aprender».
La práctica terminó involucrando a distintos integrantes del equipo y se convirtió en una actividad colaborativa. Para Cecilia, observar a las usuarias frente a la impresión de su placenta y recibir su agradecimiento se transformó en una forma concreta de contribuir a una experiencia positiva durante el nacimiento. Ahí aparece una dimensión que a veces queda fuera cuando hablamos de innovación en salud: transformar una práctica también puede transformar las formas de trabajar juntas.
De la excepción a una práctica instalada
Los números permiten observar cómo fue creciendo la experiencia. Entre septiembre y diciembre de 2022 se registraron 478 partos y se entregaron 285 impresiones de placenta. Posteriormente, durante enero y abril de un período registrado en la presentación, fueron 419 impresiones sobre 434 partos; en otro registro, correspondiente también a enero-abril, se contabilizaron 391 impresiones sobre 399 partos.
Más allá de las cifras, el cambio puede verse en algo sencillo: una práctica que inicialmente dependía de que una matrona tuviera la iniciativa y los recursos para realizarla fue avanzando hacia una experiencia disponible para muchas más familias. Y ese tránsito no fue automático: requirió insistir, presentar argumentos, conversar con otros equipos, buscar respaldos, resolver dificultades concretas y construir acuerdos.
Una huella que permanece
Las familias también fueron dando sentido a este proceso. Una de ellas agradeció la dedicación del equipo y la posibilidad de recibir un recuerdo de la placenta de su hija Maite, nacida el 26 de mayo de 2022. Otra familia destacó la importancia que tenía la placenta para ellas desde su pertenencia a la cultura Diaguita. Y una madre relató la emoción de conservar las impresiones de placenta de sus dos hijos, pensando en que, cuando ellos crezcan, podrán mirar ese recuerdo.
Son testimonios que permiten comprender que la impresión no es solamente una imagen. Para algunas familias puede representar memoria, vínculo, identidad, simbolismo o una manera de conservar algo tangible de una experiencia que, de otro modo, queda principalmente en el recuerdo. Pero también habla de otra cosa: de qué ocurre cuando los equipos de salud se abren a reconocer que el nacimiento tiene dimensiones que exceden lo estrictamente clínico.
Lo que esta historia nos deja
La experiencia del Hospital Provincial de Ovalle deja varias preguntas interesantes para quienes trabajan en salud. ¿Cómo logramos que una buena idea no dependa únicamente de la voluntad individual? ¿Qué ocurre cuando una práctica nacida desde el interés de algunas profesionales logra dialogar con las necesidades de una institución? ¿Cómo se construyen cambios que puedan sostenerse en el tiempo?
Y, quizás, una de las preguntas más importantes: ¿cuántas pequeñas iniciativas que hoy parecen difíciles de incorporar podrían convertirse mañana en nuevas formas de cuidar, si alguien se atreve a proponerlas nuevamente?
La historia de Catherine no habla de un cambio que ocurrió de un día para otro, sino de un proceso: de una primera propuesta rechazada, de volver a intentarlo, de reconocer las dificultades, de buscar alianzas y de construir las condiciones para que una idea pudiera crecer.
También habla de algo que desde Escuela Renacer nos interesa especialmente: la formación no termina cuando una estudiante egresa. Lo aprendido puede convertirse en una pregunta, una inquietud, una práctica nueva o una forma distinta de mirar aquello que hacemos cotidianamente.
Y esta historia nos recuerda precisamente eso. Catherine fue estudiante de Escuela Renacer y, años después, una inquietud que encontró un espacio en su formación terminó convirtiéndose en una iniciativa capaz de movilizar a un equipo, dialogar con una institución y generar una nueva experiencia para cientos de familias.
Quizás ahí está el verdadero sentido de Caminos que inspiran: no mostrar trayectorias perfectas ni historias de éxito instantáneo, sino detenernos en aquellas experiencias que nos recuerdan que transformar las prácticas también es posible desde lo cotidiano.
A veces comienza con una idea. A veces esa idea es rechazada. A veces hay que volver a plantearla. Y a veces, cuando encuentra las personas y las condiciones para crecer, termina dejando una huella mucho más grande de la que imaginábamos al comienzo.