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Placenta: territorio, cultura y poder
Por Yennifer Márquez • 26 de julio 2026 • 7 min de lectura
El viernes dimos inicio a una nueva versión de nuestra Certificación Internacional en Medicina Placentaria. Como cada año, decidimos comenzar no hablando de hormonas, encapsulación o evidencia científica, sino con una pregunta que parece sencilla, pero que abre uno de los debates más profundos en torno al nacimiento:
¿Qué es realmente una placenta?
La respuesta parece obvia hasta que intentamos responderla.
Según quién la observe, la placenta puede ser un órgano, un tejido, un medicamento, un símbolo, un patrimonio familiar, un residuo biológico o incluso un objeto sagrado. Ninguna de estas definiciones es completamente correcta ni completamente incorrecta. Todas expresan una manera distinta de comprender el nacimiento y todas revelan algo sobre la cultura que las sostiene.
Quizás, entonces, la pregunta no sea qué es la placenta, sino qué dice una sociedad sobre sí misma cuando decide qué hacer con ella.
Porque la historia de la placenta nunca ha sido únicamente biológica. También ha sido una historia sobre territorio, cultura y poder.
Un órgano con historia
Mucho antes de convertirse en objeto de estudio de la medicina moderna, la placenta ya ocupaba un lugar relevante en la historia de la humanidad.
En el Paleolítico, cuando el nacimiento ocurría en estrecha relación con la naturaleza, probablemente existían preocupaciones muy distintas a las actuales: protegerge de los depredadores, decidir cuándo y como cortar el cordón umbilical o incluso qué hacer con la placenta después del nacimiento. Aunque muchas respuestas permanecen abiertas, estas preguntas muestran que la placenta siempre ha formado parte de la humanidad.
Con el desarrollo de las primeras sociedades agrícolas, durante el Neolítico, comenzaron a surgir rituales colectivos, mitologías y representaciones simbólicas alrededor del parto y nacimiento. La placenta dejó de ser únicamente parte del proceso fisiológico para transformarse también en un elemento cargado de significado cultural.
A lo largo de la historia fue comprendida de múltiples maneras: protectora del bebé, puente con el mundo espiritual, árbol de la vida, hermana, gemela, abuela o manifestación de la fertilidad. En distintos pueblos se le atribuyeron funciones que trascendían ampliamente su dimensión biológica.
Incluso en Europa en la edad media y moderna encontramos una relación muy distinta a la actual. La placenta era utilizada en prácticas alquímicas y medicinales, mientras que los tratados de partería dedicaban extensos capítulos a su manejo. La preocupación no terminaba con el nacimiento del bebé; la expulsión completa de la placenta era considerada un momento crítico para la supervivencia de la madre y constituía una de las principales responsabilidades de las parteras.
La historia demuestra que la placenta nunca ha sido un elemento secundario del nacimiento. Lo que ha cambiado es la forma de comprenderla.
Territorio y cosmovisión
Hablar de territorio no significa únicamente referirse al lugar donde una placenta es enterrada.
Desde la antropología, el territorio también es el espacio donde se construyen las relaciones entre las personas, la naturaleza, las instituciones y las formas de comprender el mundo. Cada nacimiento ocurre dentro de un territorio cultural, político y sanitario que influye profundamente en las decisiones que se toman sobre el cuerpo y sus procesos.
Por ello, no resulta extraño que en numerosas culturas el destino de la placenta esté estrechamente ligado a la tierra.
Los pueblos maoríes de Nueva Zelanda la plantan junto a un árbol como forma de sellar un vínculo espiritual entre el territorio y el recién nacido. Las comunidades Navajo la entierran para fortalecer la conexión entre el bebé, sus antepasados y la tierra que habitará. Prácticas similares pueden encontrarse en pueblos Luo, Thai y en diversas comunidades de Camboya, México, Turquía, Hawái, Ucrania, América Latina y Sudáfrica.
- Enterrarla.
- Plantar un árbol.
- Quemarla.
- Ofrendarla al río o al mar.
Cada uno de estos gestos expresa una determinada forma de comprender el nacimiento.
En muchas cosmovisiones, la placenta continúa siendo considerada un ser protector que mantiene un vínculo permanente con el niño y cuya adecuada conservación protege a la madre, la familia y la comunidad. Su pérdida, robo o manejo inadecuado podía interpretarse como fuente de enfermedad o infortunio. Desde una perspectiva antropológica, la placenta puede entenderse como un ser liminal, capaz de mediar entre la vida y la muerte y acompañar uno de los principales ritos de paso de la existencia humana.
De lo sagrado a lo patológico
Con la llegada del modelo tecnocrático de atención del parto, la placenta pasó a ser mayoritariamente entendida como desecho biológico: se corta, se segmenta y se descarta. Ese cambio de estatus no es casual. Como plantea Sheila Kitzinger, el lenguaje médico tiende a describir procesos de las mujeres como si ocurrieran en un laboratorio y no en el cuerpo de una mujer.
Este fenómeno no es exclusivo de la placenta: buena parte de los procesos fisiológicos femeninos —menstruación, gestación, parto, menopausia— han sido históricamente enmarcados dentro de la esfera de la enfermedad, con un lenguaje que asocia el embarazo a lo «engorroso» y el parto a «mejorarse» de la gestación.
Hoy convergen al menos tres modelos de atención frente a la placenta:
- Holístico: conexión espiritual con la placenta, su significado y destino.
- Humanista: importancia de que la mujer decida sobre su destino, reconociendo también sus beneficios para la salud.
- Tecnocrático: corte precoz y manejo como desecho biológico.
El territorio donde ocurre el nacimiento —un hospital, un domicilio, una comunidad indígena— suele determinar cuál de estos modelos prevalece. Y ahí aparece la pregunta que atraviesa todo este debate.
¿A quién pertenece la placenta?
Desde el bioderecho y la bioética, la pregunta no tiene una respuesta única: ¿a la madre?, ¿al bebé?, ¿a ambos con el padre?, ¿al hospital?, ¿al Estado? Es una pregunta incómoda precisamente porque no es solo filosófica: cada país ha tenido que responderla en la práctica, a través de su legislación.
Un estudio antropológico sobre la construcción de la normativa chilena (Bustos, 2021) muestra cómo, durante su elaboración, se exigió a profesionales de ciencias sociales presentar evidencia científica para dialogar con las áreas jurídica y de salud, que mostraban resistencia por razones sanitarias. Durante ese proceso surgieron preguntas reveladoras: ¿qué hacen los pueblos indígenas con la placenta?, ¿la leen?, ¿la entierran junto a un árbol?, ¿se la comen? Preguntas que, según la propia investigación, reflejaban el rol fiscalizador y desconfiado que históricamente ha tenido el Estado frente a estas prácticas.
Veamos entonces cómo se ha ido resolviendo esta pregunta, país por país.
Legislación sobre la entrega de la placenta: entre la autonomía y el interés público
Durante las últimas décadas, la regulación sobre el destino de la placenta ha experimentado un cambio significativo. La tendencia internacional se ha desplazado desde considerar la placenta exclusivamente como un residuo biológico hacia el reconocimiento de que las mujeres y sus familias pueden decidir sobre su destino, siempre que se resguarden criterios de bioseguridad.
Esta orientación tiene un importante respaldo internacional. Ya en 1985, la Organización Mundial de la Salud señalaba que:
«Las mujeres que dan a luz en una institución deben conservar su derecho a decidir sobre su vestimenta (de ella y de su bebé), alimentación, disposición de la placenta y otras prácticas culturalmente significativas.»
Llama la atención que esta recomendación, formulada hace ya cuatro décadas, sitúe la disposición de la placenta como parte de los derechos de las mujeres durante el nacimiento y no únicamente como una cuestión sanitaria.
En América, la mayoría de los países ha avanzado hacia este enfoque. Aunque pocos cuentan con leyes específicas, la entrega de la placenta suele estar permitida de manera implícita a través de protocolos hospitalarios, recomendaciones para la atención del parto o normativas institucionales. Estados Unidos, México, Colombia, Uruguay y Argentina permiten, con distintos procedimientos administrativos, que las familias soliciten la placenta una vez finalizado el nacimiento. Perú y Ecuador, además, reconocen explícitamente su valor cultural dentro de un enfoque intercultural de la atención.
En este contexto, Chile constituye un caso excepcional. Es uno de los pocos países que desarrolló una Norma General Técnica dedicada exclusivamente a regular la entrega de la placenta, estableciendo un procedimiento uniforme para el sistema público y privado, requisitos de consentimiento informado, registro clínico, condiciones de entrega y causales de exclusión.
En Europa también puede observarse una evolución semejante. Si bien las regulaciones difieren entre países, la tendencia ha sido avanzar hacia modelos que reconocen progresivamente la autonomía de las mujeres para decidir sobre el destino de su placenta, siempre que no exista una indicación clínica para su estudio anatomopatológico.
Sin embargo, al revisar la normativa internacional aparece una paradoja que merece ser discutida.
Mientras el reconocimiento del derecho de las mujeres a conservar su propia placenta continúa siendo, en muchos países, una materia poco desarrollada y frecuentemente resuelta mediante protocolos locales, existe un marco regulatorio mucho más robusto cuando esa misma placenta se destina a investigación biomédica, medicina regenerativa o desarrollo de productos terapéuticos para terceros.
En Cuba, por ejemplo, la placenta puede ser donada voluntariamente al sistema público para la elaboración de medicamentos como el Heberprot-P®. Japón cuenta con estrictos sistemas de trazabilidad, consentimiento informado y regulación para el uso de placenta humana en investigación y medicina regenerativa. En diversos países europeos existen bancos de tejidos, normativas específicas y procedimientos altamente regulados para favorecer estos usos.
Esta diferencia invita a una reflexión bioética.
¿Por qué resulta relativamente sencillo construir marcos regulatorios cuando la placenta adquiere valor como recurso terapéutico para otras personas, pero mucho más complejo cuando una mujer desea conservarla para decidir libremente sobre su propio uso, ya sea con fines culturales, rituales o dentro de las prácticas de la medicina placentaria?
La pregunta no pretende oponer ambos escenarios. La investigación biomédica y la medicina regenerativa representan avances científicos de enorme relevancia y requieren una regulación rigurosa. Sin embargo, la coexistencia de ambos modelos obliga a preguntarnos si el valor que otorgamos a la placenta depende, en parte, de quién será su beneficiario.
¿Adquiere mayor legitimidad cuando ingresa al circuito científico, industrial o sanitario que cuando permanece vinculada a la historia de la mujer y su familia?
Más que una discusión sobre un tejido biológico, esta parece ser una conversación sobre autonomía, propiedad del cuerpo, justicia y distribución del poder para decidir el destino de un órgano que acompañó el inicio de una nueva vida.
Incluso las recomendaciones de las sociedades científicas parecen reflejar este cambio de paradigma. La Sociedad de Patología Pediátrica propone que la indicación de estudio anatomopatológico sea definida por el equipo de salud, pero cuando este no está indicado, recomienda desarrollar políticas institucionales que permitan la entrega segura de la placenta a las familias, informando adecuadamente sobre sus implicancias y resguardando la bioseguridad.
El resurgimiento actual
Hoy la placenta vive un momento de resignificación: encapsulación, impresión placentaria, arte, rituales, joyería, conservación, investigación y medicina regenerativa conviven con un creciente activismo que busca recuperar autonomía, cuestionar la medicalización y reivindicar derechos sobre el propio cuerpo y el propio parto.
Como bien resume una frase que compartimos en esta clase:
«No es que hoy la placenta vuelva a tener importancia. La placenta nunca dejó de tenerla. Lo que cambia es quién tiene el poder de decidir qué importancia tiene.»
Ese es, en el fondo, el desafío que como matronas, parteras, doulas y profesionales de la salud tenemos por delante: sostener el valor de un órgano que para muchas culturas es sagrado, en una época que tiende a convertir en mercancía incluso lo espiritual. Cada práctica y cada ritual que acompañamos transmite un mensaje a la cultura — y depende de nosotras que ese mensaje sea coherente con lo que la placenta realmente representa.
Referencias
Este artículo recoge contenidos de la clase «Aspectos sociales y culturales de la Placenta: territorio, cultura y poder», dictada por Yennifer Márquez M. en el marco de la Certificación Internacional en Medicina Placentaria de Escuela Renacer.
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