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Habitar la Placenta: integración y recuperación
Por Yennifer Márquez • 16 de mayo 2026 • 5 min de lectura
La placenta: entre fisiología y experiencia
Tras el nacimiento, cuando se respetan los tiempos fisiológicos del alumbramiento, la placenta continúa cumpliendo una función clave al permitir el traspaso de sangre hacia el recién nacido, facilitando su adaptación a la vida extrauterina. Posteriormente, su ciclo biológico concluye.
No obstante, en múltiples culturas originarias, este cierre no implica una pérdida, sino una transformación. Tradiciones mapuche, aymara, kichwa y de diversas regiones del mundo han reconocido históricamente a la placenta como una compañera de vida, una entidad que guarda vínculo con la identidad, la protección y el origen.
Rituales como su siembra en la tierra o su resguardo en espacios ceremoniales no solo expresan una cosmovisión simbólica, sino también una forma de integración del proceso de nacimiento en el cuerpo y la memoria.
“Es un lugar para conversar e ir a pedir consejo”. — Abuela Naco, partera colombiana
La desconexión en la cultura biomédica
En contraste, la cultura occidental contemporánea, profundamente influenciada por la medicalización del nacimiento, ha tendido a considerar la placenta como un desecho biológico. Esta reducción no solo transforma su estatus clínico, sino que también genera una desconexión con el proceso vivido.
La mayoría de las personas desconoce el destino de su propia placenta. Esta ausencia de vínculo no es solo simbólica: representa una interrupción en la integración de la experiencia de origen.
Desde una perspectiva clínica ampliada, esta desconexión puede entenderse como parte de una fragmentación mayor entre cuerpo, experiencia y conocimiento.
El cuerpo como espacio de memoria: el ombligo como huella
El cuerpo, sin embargo, conserva registros. El ombligo —como cicatriz de la unión placentaria— constituye una huella tangible de ese vínculo primario.
Al dirigir la atención hacia este territorio corporal, se abre un espacio de percepción donde pueden emerger sensaciones, imágenes y emociones asociadas al inicio de la vida. Este proceso no responde únicamente a una construcción simbólica, sino que se vincula con lo que en neurociencia y educación se reconoce como memoria corporal y aprendizaje encarnado.
La experiencia corporal permite acceder a formas de conocimiento que no se elaboran exclusivamente desde lo cognitivo, sino desde la vivencia.
Recuperar la placenta: una experiencia de integración
En los espacios formativos de Escuela Renacer, la pregunta “¿Dónde está mi placenta?” no busca una respuesta literal, sino abrir un proceso de exploración.
A través de prácticas corporales, instancias reflexivas y trabajo simbólico, las participantes inician un recorrido en el que la placenta comienza a reaparecer:
- en imágenes internas
- en sueños
- en sensaciones corporales
- en expresiones creativas
Este proceso culmina en la recreación de una placenta personal, elaborada desde la propia experiencia. Lejos de ser un ejercicio artístico aislado, esta práctica constituye una forma de integrar biografía, cuerpo y conocimiento.
Los relatos que emergen dan cuenta de esta profundidad:
“Es como un cojín suave, necesito tenerla cerca en mi día a día”.
“En sus vasos habitan mis ancestras, mi madre, mi hijo y yo misma”.
“Hoy te devuelvo tu lugar como mi guardiana del nacimiento”.
Aprendizaje significativo y cuerpo
Desde la teoría del aprendizaje, este tipo de experiencias se vincula con lo que se denomina aprendizaje significativo: un proceso en el cual el conocimiento se integra de manera profunda al relacionarse con la experiencia previa, la emoción y el cuerpo.
Diversos enfoques en educación y neurociencia han demostrado que el aprendizaje no es únicamente cognitivo, sino también corporal. La incorporación de experiencias sensoriales y vivenciales favorece la retención, la comprensión y la transformación del conocimiento.
En este sentido, la recuperación simbólica y corporal de la placenta no solo tiene un valor personal, sino también formativo y clínico.
Un reencuentro que transforma
Recuperar la placenta no implica volver al pasado, sino integrar una parte fundamental de la propia historia.
Es un proceso que permite:
- reconocer el origen
- restaurar una continuidad corporal
- resignificar la experiencia de nacimiento
Desde esta perspectiva, la placenta deja de ser un elemento descartado para convertirse en un mapa de memoria, pertenencia y sentido.
La placenta es, simultáneamente, un órgano fisiológico y un territorio de experiencia. Su integración requiere una mirada que articule biología, cuerpo y significado.
Los espacios formativos que incorporan esta dimensión permiten no solo ampliar la comprensión clínica, sino también generar procesos de aprendizaje más profundos, encarnados y transformadores.
Reconocer la placenta como parte de la propia historia es, en última instancia, un acto de integración: del cuerpo, de la memoria y del origen.
Estos procesos forman parte de experiencias formativas que buscan integrar la fisiología con la vivencia corporal en el acompañamiento del nacimiento.