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Consulta prenatal: ¿vigilar, controlar o acompañar?
Por Yennifer Márquez • 13 de agosto 2026 • 10 min de lectura
La consulta prenatal se ha construido históricamente como un espacio destinado a vigilar la evolución de la gestación. En ella se controla el peso, la presión arterial, los exámenes de laboratorio, el crecimiento fetal, la edad gestacional y una serie de otros indicadores que permiten evaluar si el proceso se encuentra dentro de determinados parámetros considerados normales. Esta forma de atención ha tenido, y continúa teniendo, un enorme valor para la prevención y la detección oportuna de situaciones que pueden comprometer la salud materna o fetal. El problema, entonces, no está en evaluar ni en utilizar herramientas clínicas para reconocer aquello que requiere atención. La pregunta que me interesa plantear es otra: ¿qué sucede cuando la lógica del control y del riesgo comienza a organizar la experiencia completa de la gestación?
Hablar de control prenatal parece algo tan natural que pocas veces nos detenemos a pensar en el significado de la palabra. Controlar implica ejercer una determinada capacidad sobre algo o alguien, observar su comportamiento, comprobar que se mantiene dentro de ciertos parámetros y actuar cuando se aleja de ellos. En el ámbito de la salud, esta lógica tiene una función evidente: necesitamos observar para prevenir, reconocer alteraciones y tomar decisiones. Sin embargo, cuando hablamos de procesos fisiológicos, aparece una tensión que vale la pena considerar. ¿Podemos realmente controlar un proceso que ocurre fundamentalmente desde la propia fisiología del organismo?
Las matronas y matrones no controlamos la gestación. No somos quienes hacemos que la gestación ocurra, que la placenta se desarrolle, que el útero se adapte, que el feto crezca o que el cuerpo materno atraviese las transformaciones propias de este período. Nuestra tarea profesional consiste en conocer profundamente estos procesos para poder acompañarlos, evaluar el estado de salud, identificar aquello que se aleja de la fisiología, ofrecer información, resolver dudas, sugerir cambios cuando existen condiciones que pueden favorecer la salud, reconocer señales de alarma y derivar o intervenir cuando sea necesario. Hay una diferencia importante entre controlar un proceso fisiológico y acompañarlo con conocimiento clínico.
La atención prenatal y la construcción del riesgo
Esta distinción adquiere especial relevancia cuando pensamos en el concepto de riesgo. La obstetricia contemporánea ha desarrollado una enorme capacidad para identificar factores de riesgo y anticiparse a posibles complicaciones. Esto ha permitido prevenir y tratar oportunamente numerosas situaciones y constituye una de las grandes fortalezas de la medicina actual. Sin embargo, el riesgo tiene una característica particular: no describe necesariamente algo que está ocurriendo, sino algo que podría ocurrir. Es una posibilidad, una probabilidad, una anticipación del futuro. Y cuando la posibilidad de que algo salga mal comienza a ocupar el centro de la atención prenatal, existe el riesgo de que una gestación que está transcurriendo saludablemente sea vivida como un proceso permanentemente amenazado.
Esta manera de comprender la atención puede llevarnos, sin darnos cuenta, a desplazar el foco desde la salud hacia la enfermedad. La pregunta deja de ser solamente cómo está la mujer, cómo se siente, cómo está viviendo su gestación y qué condiciones pueden favorecer su bienestar, para transformarse progresivamente en una búsqueda de aquello que podría estar mal. El cuerpo comienza a ser observado principalmente para encontrar desviaciones, y la consulta prenatal puede convertirse en una sucesión de comprobaciones destinadas a demostrar que la gestación continúa dentro de la norma.
Sin embargo, cuestionar esta lógica no significa desconocer la importancia que tiene la atención prenatal para la salud materna y perinatal. Existe evidencia suficiente para sostener que una atención prenatal adecuada permite realizar intervenciones preventivas, detectar complicaciones y favorecer mejores resultados. La Organización Mundial de la Salud considera la atención prenatal una plataforma para la promoción de la salud, el tamizaje, el diagnóstico y la prevención de enfermedades, y señala que una atención oportuna y basada en evidencia puede salvar vidas. En sus recomendaciones para una experiencia positiva de la gestación, la OMS propone un modelo de al menos ocho contactos durante la gestación y señala que este modelo puede reducir las muertes perinatales hasta en 8 por cada 1.000 nacimientos en comparación con cuatro contactos, al aumentar las oportunidades de detectar y manejar oportunamente posibles complicaciones.
Por eso, cuestionar el concepto de “control prenatal” no significa cuestionar la necesidad de la atención prenatal. Al contrario, significa reconocer su importancia y preguntarnos qué hacemos dentro de esos encuentros y qué entendemos por cuidar. La propia OMS plantea que estos contactos no deberían reducirse a una sucesión de visitas o procedimientos, sino constituir oportunidades para proporcionar atención, apoyo e información, promover la salud y favorecer una experiencia positiva de la gestación. Incluso la elección del término “contacto” busca enfatizar una relación activa entre la mujer y el equipo de salud, más allá de una simple visita.
La mirada clínica sobre el cuerpo gestante
Aquí las reflexiones de Michel Foucault resultan especialmente interesantes para pensar nuestra práctica. En El nacimiento de la clínica, Foucault analiza la transformación histórica de la mirada médica y la manera en que el cuerpo comienza a convertirse en un objeto susceptible de ser observado, descrito, clasificado y traducido al lenguaje del conocimiento clínico (Foucault, 1963).
Esta transformación fue fundamental para el desarrollo de la medicina y no tendría sentido desconocer su enorme aporte. La posibilidad de observar signos, comparar resultados y reconocer alteraciones ha permitido diagnosticar y tratar enfermedades que anteriormente no podían ser comprendidas. El problema, por tanto, no está en la mirada clínica ni en la utilización de herramientas que nos permiten conocer lo que ocurre en el cuerpo.
La pregunta es otra: ¿qué sucede cuando aquello que puede ser observado y medido termina definiendo aquello que consideramos real?
En la consulta prenatal, el cuerpo de una mujer puede quedar representado a través de una gran cantidad de datos: semanas de gestación, peso, presión arterial, hemoglobina, glicemia, ecografías, biometrías fetales, percentiles de crecimiento, antecedentes y factores de riesgo. Todos estos elementos pueden ser clínicamente relevantes. Sin embargo, una mujer no es la suma de sus resultados. Existe un cuerpo que siente, que se transforma y que desarrolla nuevas formas de percepción. Existe una historia personal, una alimentación, una manera de dormir, una vida emocional, un contexto social y familiar, una relación con el movimiento y con el descanso. Existe también el conocimiento que la propia mujer tiene sobre su cuerpo y sobre aquello que está experimentando.
Cuando la mirada clínica se convierte en la única mirada legítima, corremos el riesgo de que todos estos otros conocimientos queden desplazados. La mujer comienza a aprender que para saber si su cuerpo está funcionando correctamente debe recurrir permanentemente a una mirada externa que lo confirme. El resultado de un examen adquiere más autoridad que su propia percepción, y la ausencia de un dato clínico puede producir más tranquilidad que la sensación de bienestar corporal.
No se trata de oponer conocimiento profesional y conocimiento corporal, como si tuviéramos que elegir entre uno y otro. La cuestión es cómo ambos pueden encontrarse. El conocimiento clínico permite reconocer aquello que una persona no necesariamente puede identificar por sí misma; la experiencia corporal, por su parte, aporta información que ningún examen puede contener completamente. La consulta prenatal puede ser el lugar donde estos conocimientos dialoguen, en lugar de convertirse en un espacio donde uno de ellos invalide al otro.
Foucault, vigilancia y biopoder en la atención prenatal
Foucault desarrolla esta reflexión sobre la mirada y el conocimiento en relación con formas de poder que no necesitan imponerse únicamente mediante la prohibición. En Vigilar y castigar, analiza cómo la vigilancia, la observación, la comparación y la normalización pueden convertirse en mecanismos de poder. El individuo no solamente es observado desde fuera, sino que aprende progresivamente a observarse a sí mismo a partir de las normas que ha incorporado (Foucault, 1975).
Algo de esto puede reconocerse también en la experiencia contemporánea de la gestación. Las mujeres aprenden cuánto deberían subir de peso, cuánto debería medir el bebé, qué síntomas son normales, cuáles deben consultar, qué alimentos deberían consumir, cuánto deberían moverse y qué resultados deberían aparecer en sus exámenes. Estas recomendaciones pueden ser útiles y muchas de ellas forman parte de una adecuada educación para la salud. El problema aparece cuando la mujer comienza a vivir su propio cuerpo bajo una vigilancia permanente, preguntándose constantemente si está cumpliendo correctamente con aquello que se espera de ella.
La vigilancia deja entonces de estar solamente en la consulta. Se instala en la propia experiencia corporal. La mujer puede comenzar a observarse con los mismos criterios con los que es observada por el sistema sanitario y, de esta manera, incorporar la necesidad de comprobar continuamente que todo está bien. El cuerpo se convierte en un objeto que debe demostrar que funciona correctamente y la gestación, en un proceso que debe ser permanentemente certificado como normal.
Es aquí donde el concepto de biopoder desarrollado por Foucault permite ampliar todavía más la reflexión. La medicina moderna no solamente establece relaciones con cuerpos individuales, sino que participa también en la administración de la vida de las poblaciones. La reproducción, la natalidad, la mortalidad, la salud materna y perinatal y los diferentes factores de riesgo son objeto de estadísticas, protocolos, políticas sanitarias y sistemas de vigilancia. En Historia de la sexualidad I, Foucault analiza precisamente la relación entre saber, sexualidad, regulación y administración de la vida de las poblaciones (Foucault, 1976).
Esto no significa que las políticas de salud, los protocolos o la vigilancia epidemiológica sean negativos. Necesitamos conocer los indicadores de salud materna y perinatal para poder construir mejores sistemas de atención. Necesitamos reconocer los factores que aumentan determinados riesgos y desarrollar estrategias para disminuirlos. El problema aparece cuando esta dimensión poblacional termina imponiéndose sobre la experiencia individual y cuando una mujer comienza a vivir su propia gestación fundamentalmente como una categoría de riesgo.
Porque cuando hablamos permanentemente de riesgo, podemos terminar desplazando la pregunta por la salud. Una gestante puede encontrarse saludable y, al mismo tiempo, pertenecer a una categoría estadística que implica una probabilidad mayor de desarrollar determinada complicación. El riesgo no significa que la complicación exista, pero la manera en que comunicamos ese riesgo puede hacer que sea vivido como una amenaza presente.
El efecto nocebo y la comunicación del riesgo
En este punto, las reflexiones de Michel Odent sobre el efecto nocebo de las consultas prenatales resultan especialmente provocadoras. En su texto L’effet “nocebo” des consultations prénatales, publicado en 2001, Odent plantea la posibilidad de que determinadas formas de atención prenatal puedan producir efectos negativos a través de las expectativas, los temores y las representaciones que se construyen durante la consulta (Odent, 2001).
La idea del nocebo no significa que el control prenatal sea perjudicial ni que debamos evitar hablar de riesgos. Lo que plantea es la necesidad de considerar que la forma en que comunicamos aquello que sabemos también forma parte de la intervención que realizamos.
Una mujer puede llegar a una consulta sintiéndose bien y salir de ella con una percepción completamente diferente de su propio proceso. Puede comenzar a pensar que su cuerpo es frágil, que algo puede salir mal en cualquier momento o que necesita de la vigilancia permanente de un profesional para poder confiar en su capacidad de gestar. Esto no significa que el profesional haya tenido necesariamente una mala intención ni que la información entregada haya sido incorrecta. Puede ocurrir simplemente porque hemos construido una atención prenatal demasiado centrada en encontrar aquello que podría estar mal.
La prevención puede entonces adquirir una paradoja: buscando prevenir la enfermedad, podemos terminar instalando la idea de enfermedad allí donde todavía existe salud.
Por eso resulta tan importante que la comunicación clínica no se limite a enumerar riesgos. Necesitamos también hablar de aquello que está funcionando, de las posibilidades que existen y de los recursos que pueden favorecer la salud. Una consulta que solamente señala lo que debe vigilarse puede aumentar la sensación de vulnerabilidad; una consulta que además ayuda a comprender, decidir y reconocer recursos puede contribuir a fortalecer la autonomía.
¿Qué tipo de atención prenatal queremos construir?
Aquí aparece una diferencia que me parece fundamental: acompañar no significa dejar de evaluar.
Una matrona o un matrón que acompaña una gestación necesita tener una enorme capacidad clínica. Necesita saber cuándo algo está dentro de la fisiología, cuándo requiere observación, cuándo necesita una intervención y cuándo debe derivar. Necesita interpretar exámenes, reconocer signos de alarma y tomar decisiones. El acompañamiento no es una alternativa menos rigurosa al control; puede ser una forma diferente de ejercer el conocimiento clínico.
La diferencia está en el propósito. No evaluamos para demostrar que la mujer está cumpliendo correctamente con una norma. Evaluamos para comprender cómo está su salud y qué necesita. No observamos para ejercer control sobre el cuerpo. Observamos para poder acompañar mejor. No hablamos de riesgo para producir temor. Hablamos de riesgo para entregar información que permita tomar decisiones. Y no utilizamos nuestro conocimiento para reemplazar el conocimiento de la mujer sobre sí misma, sino para ponerlo en diálogo con aquello que sabemos desde nuestra formación profesional.
El conocimiento profesional también es una forma de poder. Saber interpretar un examen, reconocer una patología o identificar una desviación de la fisiología nos coloca en una posición de autoridad. No podemos eliminar esa asimetría simplemente porque queramos tener una relación horizontal. Lo que sí podemos hacer es preguntarnos qué hacemos con ese poder: si lo utilizamos para aumentar la dependencia de las mujeres respecto de nuestro conocimiento o para ampliar su capacidad de comprender, decidir y participar en el cuidado de su propia salud.
Esto también nos obliga a revisar el lenguaje que utilizamos. Hace algunos años me preguntaba si podíamos cambiar la palabra “embarazo” por “gestación”, “control” por “acompañamiento” y recuperar expresiones como “estado de gracia”. Hoy creo que esa reflexión sigue siendo válida, pero también pienso que cambiar las palabras no es suficiente.
Podemos dejar de decir “control prenatal” y continuar ejerciendo una práctica profundamente controladora. Podemos hablar de acompañamiento y seguir tomando todas las decisiones por la mujer. Podemos utilizar un lenguaje aparentemente respetuoso y mantener intacta una relación en la que el profesional sabe y la gestante solamente recibe.
Por eso el cambio de lenguaje tiene sentido cuando expresa un cambio más profundo en la práctica.
Si hablamos de acompañamiento, necesitamos preguntarnos qué lugar ocupa la mujer en esa relación. Si hablamos de fisiología, necesitamos conocerla suficientemente bien como para reconocer cuándo estamos frente a ella y cuándo necesitamos intervenir. Si hablamos de autonomía, necesitamos estar dispuestos a compartir información incluso cuando la decisión de la mujer no coincide con aquello que nosotros hubiéramos elegido.
Quizás entonces la discusión sobre la consulta prenatal no tenga que centrarse en si debemos controlar más o controlar menos. Tal vez necesitamos preguntarnos qué estamos haciendo cuando controlamos, qué estamos buscando cuando observamos y qué efectos produce nuestra mirada sobre la persona que tenemos delante.
La consulta prenatal puede ser un espacio de vigilancia, de clasificación y de producción permanente de riesgo. Pero también puede ser uno de los pocos espacios del sistema sanitario donde una mujer tenga la posibilidad de detenerse, comprender lo que está ocurriendo en su cuerpo, reconocer sus necesidades y participar activamente de las decisiones relacionadas con su salud.
En un contexto en el que sostener el equilibrio y la salud se vuelve cada vez más complejo, esta pregunta adquiere todavía más relevancia. Si la atención prenatal tiene la capacidad de detectar y prevenir complicaciones, también podemos preguntarnos qué más puede hacer por la salud de una mujer durante la gestación. ¿Puede ser un espacio donde, además de identificar factores de riesgo, reconozcamos y fortalezcamos aquellos recursos que permiten generar salud? ¿Puede ser una oportunidad para recuperar la fisiología, favorecer el bienestar y ampliar la capacidad de las mujeres para comprender y cuidar sus propios procesos?
Estas preguntas forman parte también de las razones que nos llevaron a desarrollar en Escuela Renacer el Curso de Especialización en Atención Integral de la Gestación. Creemos que acompañar una gestación requiere mucho más que conocer protocolos y saber identificar factores de riesgo. Requiere comprender profundamente la fisiología, reconocer los múltiples factores que participan en la salud, integrar la evidencia científica con una mirada clínica amplia y desarrollar herramientas que permitan acompañar a cada mujer desde el respeto por sus procesos y su autonomía. Formar profesionales capaces de ampliar la mirada sobre la gestación es, finalmente, parte de la transformación que queremos promover en la atención.
Y esta reflexión no termina aquí. En una segunda parte queremos profundizar en una pregunta que surge naturalmente de todo lo anterior: si la consulta prenatal no puede reducirse a identificar aquello que podría estar mal, ¿cómo podemos convertirla también en un espacio capaz de generar salud?
Porque quizás el desafío de la atención prenatal contemporánea no sea solamente aprender a identificar mejor los riesgos, sino también aprender a reconocer y fortalecer aquello que permite a las personas mantenerse saludables.
Referencias bibliográficas
Antonovsky, A. (1987). Unraveling the Mystery of Health: How People Manage Stress and Stay Well. San Francisco: Jossey-Bass.
Bauer, G. F., Roy, M., Bakibinga, P., et al. (2020). Future directions for the concept of salutogenesis: a position article. Health Promotion International, 35(2), 187–195. https://doi.org/10.1093/heapro/day057
Espnes, G. A., Moksnes, U. K., Haugan, G., et al. (2021). The overarching concept of salutogenesis in the context of health care. En Health Promotion in Health Care – Vital Theories and Research. Springer.
Foucault, M. (1963). Naissance de la clinique. Une archéologie du regard médical. Paris: Presses Universitaires de France.
Foucault, M. (1975). Surveiller et punir. Naissance de la prison. Paris: Gallimard.
Foucault, M. (1976). Histoire de la sexualité I. La volonté de savoir. Paris: Gallimard.
Odent, M. (2001). “L’effet ‘nocebo’ des consultations prénatales”. Naître & Grandir, n.º 11.
World Health Organization. (2016). WHO recommendations on antenatal care for a positive pregnancy experience. Geneva: World Health Organization.
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