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Educación prenatal: entre el adiestramiento, la preparación y el acompañamiento
Por Yennifer Márquez • 23 de septiembre 2026 • 10 min de lectura
Hablar de educación prenatal obliga, antes que nada, a preguntarse qué entendemos por educar durante la gestación. La pregunta puede parecer ociosa en un campo con una tradición tan larga de cursos y programas de preparación para el parto, pero basta detenerse en los contenidos y las prácticas que históricamente han tenido estos espacios para que aparezca una tensión difícil de ignorar: ¿hasta qué punto la educación prenatal ha buscado ampliar la comprensión y la capacidad de decisión de las mujeres y personas gestantes, y hasta qué punto ha operado, más bien, como una forma de adiestramiento para el parto?
El término adiestramiento incomoda aplicado a la educación prenatal, y quizás por eso mismo resulta útil: permite nombrar una lógica pedagógica particular, la de quien busca instalar respuestas, conductas o habilidades previamente definidas como correctas para una situación dada. Enseñar a respirar de una manera específica, a adoptar determinadas posiciones, a controlar las manifestaciones del dolor, a relajarse o a pujar de cierta forma puede ser útil en algunos contextos. El problema no está en la herramienta, sino en lo que ocurre cuando esa herramienta deja de presentarse como una posibilidad entre otras y empieza a operar, de manera explícita o apenas insinuada, como la manera correcta de comportarse durante el parto. Ahí es donde una técnica que amplía el repertorio de una persona puede convertirse, casi sin que nadie lo proponga deliberadamente, en una norma que hay que cumplir.
¿Qué significa prepararse para un proceso fisiológico?
También conviene revisar la palabra preparación.
En el lenguaje cotidiano, prepararse supone adquirir conocimientos o habilidades para enfrentar algo que va a ocurrir y que requiere cierta competencia de nuestra parte. Trasladada al parto, esta idea ha dado origen a múltiples formas de preparación para el parto —algunas centradas en información, otras en técnicas corporales, estrategias de afrontamiento o educación emocional—, todas ellas construidas sobre un supuesto que rara vez se examina: que el parto es algo para lo que hay que entrenarse, como quien se entrena para una carrera o un examen.
Pero el parto tiene una particularidad que este supuesto suele pasar por alto: no es una conducta que deba aprenderse para que pueda ocurrir. La fisiología del trabajo de parto involucra procesos neuroendocrinos, musculares y hormonales que no dependen de que una persona haya recibido antes instrucción sobre cómo ejecutarlos; el cuerpo no necesita ser entrenado para poner en marcha aquello que ya sabe hacer.
Esto no vuelve innecesaria a la educación prenatal. Obliga, más bien, a precisar su propósito. Una persona puede no necesitar aprender a «hacer» fisiológicamente un parto, pero sí puede beneficiarse enormemente de comprender qué ocurre durante la gestación, conocer las alternativas disponibles en su atención, reconocer señales de bienestar y de alerta, y participar de manera informada en las decisiones sobre su propio cuidado. Desde ahí, la educación prenatal deja de tener como finalidad enseñar una secuencia de conductas para ejecutar correctamente el día del parto, y pasa a tener otra: ofrecer conocimientos y herramientas para comprender y transitar un proceso fisiológico, relacional y social complejo.
Cuando la preparación se convierte en una expectativa de desempeño
La tensión se agudiza cuando la preparación para el parto empieza a construirse alrededor de un modelo implícito de desempeño: se espera que la mujer conozca las técnicas, controle el miedo, respire adecuadamente, mantenga la calma, adopte determinadas posiciones y use bien los recursos aprendidos. En ese modelo, prepararse termina asociándose a una promesa de eficacia individual —si se aprendió lo suficiente y se aplica correctamente lo aprendido, el parto debería desarrollarse de determinada manera—, aun cuando el parto no responde solamente a las capacidades de la mujer gestante. Intervienen también condiciones fisiológicas, clínicas, institucionales, sociales y relacionales, y existen situaciones que no pueden anticiparse ni resolverse con la técnica correcta.
Por eso resulta problemático establecer una relación directa entre «estar preparada» y obtener un determinado resultado obstétrico. Una persona puede haber participado activamente de un proceso de educación prenatal, conocer la fisiología, haber ensayado estrategias de afrontamiento, y aun así requerir una intervención durante el parto. Eso no constituye un fracaso educativo ni evidencia de una preparación insuficiente. Constituye, simplemente, un recordatorio de que la educación no puede confundirse con el control del resultado.
¿Qué nos dice la evidencia sobre la educación prenatal?
La investigación contemporánea aporta elementos para esta discusión, aunque conviene leerlos con cuidado. El metaanálisis más amplio publicado hasta ahora sobre el tema, que revisó cuarenta estudios, encontró que la educación prenatal aumenta de manera significativa la autoeficacia para el parto, reduce el miedo y se asocia a una mayor proporción de partos vaginales y una menor proporción de cesáreas (Zaman et al., 2025). Una revisión posterior centrada específicamente en el miedo, con 28 estudios y más de 3.000 participantes, confirmó esa reducción tanto durante la gestación como en el posparto, y encontró además que la educación prenatal duplicaba la probabilidad de un parto vaginal (Karaçam et al., 2026).
Estos resultados importan porque desmienten la idea de que la educación prenatal sea una práctica meramente complementaria. Pero la misma evidencia obliga a una precaución metodológica que suele perderse cuando se resume en un titular: educación prenatal no designa una intervención homogénea. Sus efectos —sobre el miedo, la autoeficacia, el vínculo (Yuen et al., 2021) o la lactancia (Kehinde et al., 2022)— dependen de qué se enseña, cómo se enseña y con qué intensidad, no de la etiqueta genérica bajo la que se ofrezca.
Educar no es solamente transmitir información
La educación prenatal tampoco puede reducirse a la entrega de información. La información es un componente indispensable de cualquier proceso educativo, pero no garantiza por sí misma comprensión ni autonomía: una persona puede conocer una enorme cantidad de datos sobre el parto y seguir sintiéndose insegura frente a una decisión, o sin herramientas para sostener una conversación clínica cuando más lo necesita.
Educar es un proceso más amplio: supone favorecer la comprensión, relacionar los conocimientos con experiencias concretas, desarrollar capacidad crítica y crear condiciones para que las preguntas puedan formularse y las decisiones puedan tomarse con criterio propio. En el contexto de la gestación, esto significa que conocer las intervenciones disponibles no basta; hace falta comprender en qué circunstancias se proponen, qué implican, qué alternativas existen y qué preguntas pueden abrir una conversación real con el equipo de salud. Desde esta perspectiva, la educación prenatal puede contribuir a modificar la relación entre el conocimiento profesional y la experiencia personal —no para que uno reemplace al otro, sino para que ambos puedan entrar en diálogo.
De la obediencia a la participación
Una educación centrada en la autonomía no busca que las mujeres y personas gestantes aprendan a decidir todo de manera independiente, ni instala una relación de oposición frente a los equipos de salud. La autonomía en salud se construye en relación con otros, y requiere condiciones materiales y relacionales que hagan posible participar de las decisiones: la evidencia sobre autonomía en la elección de la vía de parto muestra, precisamente, que esta suele verse limitada no por falta de voluntad de las mujeres, sino porque las alternativas —por ejemplo, entre parto vaginal y cesárea— rara vez se explican con sus beneficios y riesgos respectivos, lo que termina inclinando la decisión antes de que exista una elección propiamente informada.
Por eso, una educación prenatal orientada a la autonomía tiene menos que ver con entregar un temario cerrado que con abrir un espacio donde puedan formularse preguntas como por qué se propone una determinada intervención, qué alternativas existen, qué información falta todavía, qué ocurre si se espera, o qué necesita cada persona para sentirse segura. Esas preguntas no expresan desconfianza hacia la atención profesional: son parte de una relación de cuidado en la que la mujer gestante participa activamente de lo que ocurre con su propio cuerpo, y en la que la educación funciona como una manera de disminuir la asimetría de información sin negar la especificidad del conocimiento clínico.
Acompañar el proceso
Quizás convenga recuperar aquí el concepto de acompañamiento. Acompañar no significa intervenir de manera permanente ni conducir a una persona hacia un resultado predefinido, pero tampoco significa quedarse como espectador de lo que ocurre. En la educación prenatal, acompañar puede traducirse en poner conocimientos a disposición, contextualizar la información, ofrecer herramientas, favorecer la reflexión y sostener un espacio donde las decisiones puedan revisarse a medida que cambia la situación.
Esta perspectiva desplaza el centro desde el comportamiento esperado hacia la experiencia de la persona. La pregunta deja de ser únicamente «¿qué necesita aprender para el parto?» y empieza a ser también «¿qué necesita comprender para transitar esta experiencia?» —un desplazamiento nada menor, porque implica reconocer que junto a la fisiología, una persona puede necesitar comprender sus propias necesidades, reconocer sus límites, pedir ayuda, expresar preferencias, construir redes de apoyo y enfrentar situaciones que no había previsto.
El cuerpo como espacio de aprendizaje
La educación prenatal también puede recuperar el cuerpo como fuente de conocimiento. Durante la gestación se producen transformaciones que modifican la percepción, el movimiento, la relación con el espacio, el descanso y la experiencia cotidiana, y el trabajo educativo puede ofrecer oportunidades reales para reconocer esos cambios y desarrollar una mayor conciencia corporal. Esto no implica enseñar una coreografía para el parto: explorar el movimiento, la respiración, la pelvis o distintas posiciones tiene valor precisamente porque amplía la percepción y el repertorio de recursos disponibles, no porque prescriba una secuencia correcta de gestos. La diferencia, otra vez, está en el propósito: no que la persona reproduzca fielmente una conducta aprendida, sino que disponga de posibilidades entre las cuales reconocer cuáles le resultan significativas en un momento determinado. En nuestra entrada anterior profundizamos más sobre esta temática.
Educación prenatal como educación para la vida
Si desplazamos el foco desde el entrenamiento para el parto hacia el acompañamiento del proceso, aparece una dimensión que suele quedar poco visible: la educación prenatal como educación para la vida. La gestación y el parto forman parte de una transición vital en la que cambian las relaciones, las responsabilidades, la identidad, la organización cotidiana y las formas de cuidado, y muchas de las herramientas que puede ofrecer un buen proceso educativo trascienden ampliamente el parto mismo: aprender a buscar información y evaluar su calidad, reconocer necesidades, formular preguntas, expresar límites, pedir ayuda, construir redes, participar en decisiones, aceptar que una decisión puede modificarse cuando cambian las circunstancias.
Un estudio longitudinal realizado en Japón ofrece una ilustración concreta de este alcance ampliado: un programa educativo centrado en la crianza temprana y la confianza materna —no en el parto en sí— logró reducir la depresión posparto y aumentar la confianza de las madres en su propia capacidad de cuidar a su hijo (Shimpuku et al., 2021). Ninguna de estas es una habilidad exclusivamente obstétrica; son capacidades que acompañan a las personas en distintos momentos de la vida, lo que invita a pensar la educación prenatal no solo como preparación para un acontecimiento puntual, sino como una oportunidad de aprendizaje situada en una de las transiciones más significativas de la biografía de una persona.
Educar para la incertidumbre
Existe, además, una paradoja en torno a la preparación para el parto. Muchas veces buscamos información porque esperamos que nos permita controlar mejor aquello que va a ocurrir, y sin embargo una educación prenatal rigurosa debería enseñar también a reconocer los límites de ese control. La fisiología puede estudiarse, los escenarios posibles pueden anticiparse, las intervenciones pueden conocerse, las preferencias pueden expresarse con toda claridad —pero ningún proceso educativo puede garantizar cómo se desarrollará un parto particular. Reconocer esta incertidumbre no equivale a adoptar una posición pasiva; al contrario, permite construir una preparación menos centrada en el control y más orientada al desarrollo de recursos, porque la persona no necesita llegar con todas las respuestas antes del parto: necesita contar con herramientas para comprender, preguntar, decidir y adaptarse cuando las circunstancias cambien.
Hacia otra concepción de la educación prenatal
La discusión sobre educación prenatal no debería reducirse, entonces, a decidir si es o no necesario «prepararse para el parto». La pregunta más relevante es qué tipo de preparación queremos ofrecer y qué concepción de persona sostiene nuestras prácticas educativas. Una educación basada en el adiestramiento busca instalar respuestas relativamente predefinidas; una educación centrada en la autonomía busca ampliar la capacidad de comprensión y decisión. La diferencia no está necesariamente en los contenidos —respiración, movimiento, fisiología, intervenciones o lactancia pueden formar parte de ambos modelos— sino en cómo esos contenidos se relacionan con la persona que aprende: si una técnica se enseña como la única forma correcta de responder, el repertorio se reduce; si se enseña como una herramienta disponible entre otras, el repertorio se amplía. Si un determinado resultado se presenta como expresión de una buena preparación, la educación puede terminar convirtiéndose en una nueva fuente de exigencia; si en cambio se reconoce que existen múltiples trayectorias posibles, el conocimiento puede ponerse al servicio del acompañamiento en lugar de la imposición.
Más allá de la preparación para el parto
La educación prenatal ocupa un lugar relevante en el acompañamiento de la gestación, y la evidencia disponible permite sostener que determinadas intervenciones educativas reducen el miedo al parto, aumentan la autoeficacia y muestran asociaciones favorables con ciertos resultados obstétricos, de lactancia y de salud mental materna (Zaman et al., 2025; Karaçam et al., 2026; Kehinde et al., 2022). Pero la diversidad de los programas estudiados y la heterogeneidad de sus resultados impiden reducir la educación prenatal a una fórmula única, y todavía más atribuirle por sí sola la responsabilidad sobre la vía de parto.
Quizás no necesitamos enseñar a las mujeres y personas gestantes a ejecutar correctamente un parto. Necesitamos ofrecerles oportunidades para comprender la fisiología, conocer sus posibilidades, reconocer sus recursos y participar de las decisiones sobre su propia atención; espacios donde puedan hacerse preguntas sin respuesta predeterminada, donde el conocimiento científico dialogue con la experiencia, donde el cuerpo no sea solo objeto de vigilancia sino también fuente de conocimiento, y donde la autonomía no se convierta, a su vez, en una nueva exigencia de autosuficiencia. Prepararse, desde esta mirada, no significa anticipar y controlar cada aspecto del parto, sino contar con recursos para transitar un proceso que, precisamente por ser fisiológico y humano, no puede predeterminarse por completo.
La educación prenatal, entendida así, es una práctica de acompañamiento: entrega conocimientos sin agotarse en la información, ofrece herramientas sin prescribir una única manera de usarlas, prepara para distintos escenarios sin definir de antemano cuál debe ser el resultado. Una educación que no busca adiestrar para el parto, sino acompañar a las mujeres y personas gestantes durante una de las transformaciones más significativas de su vida y poner el conocimiento al servicio de su autonomía.
Este tema se profundiza en el Módulo V — Educación prenatal integral del Curso de Especialización en Atención Integral de la Gestación, que incluye un espacio de consciencia corporal en cada módulo.
Referencias
- Karaçam, Z., Ofei, P., Uzunoğlu, G., & Güneş Öztürk, G. (2026). The effect of prenatal education on the fear of childbirth: A systematic review and meta-analysis. Archives of Women’s Mental Health. https://doi.org/10.1007/s00737-025-01635-5
- Kehinde, J., O’Donnell, C., & Grealish, A. (2022). The effectiveness of prenatal breastfeeding education on breastfeeding uptake postpartum: A systematic review. Midwifery, 118, 103579. https://doi.org/10.1016/j.midw.2022.103579
- Shimpuku, Y., Iida, M., Hirose, N., Tada, K., Tsuji, T., Kubota, A., Senba, Y., Nagamori, K., & Horiuchi, S. (2021). Prenatal education program decreases postpartum depression and increases maternal confidence: A longitudinal quasi-experimental study in urban Japan. Women and Birth. https://doi.org/10.1016/j.wombi.2021.11.004
- Yuen, W.-S., Lo, H.-C., Wong, W., & Ngai, F.-W. (2021). The effectiveness of psychoeducation interventions on prenatal attachment: A systematic review. Midwifery, 100, 103184. https://doi.org/10.1016/j.midw.2021.103184
- Zaman, A., Fadlalmola, H. A., Ibrahem, S. E., Ismail, F. H., Abedelwahed, H. H., Ali, A. M., Abdelgadim, N. H., Mustafa, A. M. A., Ahmed, I. H., Ahmed, N. M., Eltyeb, A. A., Gaafar, D. A., Alnassry, S. M., Adam, A. A., Yasin, N. S., Ali, R. A., Fadlalla, A. A., Eltayeb, A. E., & Saad, A. M. (2025). The role of antenatal education on maternal self-efficacy, fear of childbirth, and birth outcomes: A systematic review and meta-analysis. European Journal of Midwifery, 9, 9. https://doi.org/10.18332/ejm/200747
1 Comentario
This was easy to settle into and hard to leave unfinished. I liked the natural flow and the thoughtful observations throughout.