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Consulta prenatal: de la vigilancia a generar salud
acompañamiento.
Por Yennifer Márquez • 27 de agosto 2026 • 10 min de lectura
En la primera parte de esta reflexión —Consulta prenatal: ¿vigilar, controlar o acompañar?— nos preguntamos si la consulta prenatal vigila, controla o acompaña. Revisamos cómo la mirada clínica, necesaria y valiosa, puede terminar organizando toda la experiencia de la gestación alrededor de la posibilidad de que algo salga mal, y cómo esa lógica puede instalarse incluso en la manera en que una mujer aprende a observar su propio cuerpo. Cerrábamos con una pregunta que quedó abierta a propósito: si la consulta prenatal no puede reducirse a identificar aquello que podría estar mal, ¿cómo podemos convertirla también en un espacio capaz de generar salud?
Esta segunda parte parte de esa pregunta. Y para responderla necesitamos algo más que buenas intenciones o un lenguaje más amable: necesitamos una pregunta distinta desde el inicio, que no se limite a corregir los excesos del control, sino que reoriente el propósito mismo de la consulta.
Antonovsky y el paso de una pregunta a otra
Esa pregunta distinta tiene un origen concreto. El sociólogo médico Aaron Antonovsky la formuló hace más de cuarenta años, a partir de una investigación con mujeres sobrevivientes de campos de concentración (Antonovsky, 1987). Antonovsky se encontró con un dato que la medicina de su época no sabía bien cómo explicar: un porcentaje de esas mujeres, pese a haber atravesado una de las experiencias más devastadoras que un ser humano puede vivir, mantenía un buen estado de salud general. La pregunta obvia —qué les había causado daño— ya estaba respondida. La que le pareció más interesante fue otra: ¿qué tenían esas mujeres que les permitía sostener su salud a pesar de todo?
Antonovsky llamó a este enfoque «salutogénesis», literalmente el origen de la salud, para distinguirlo de la patogénesis, que pregunta qué causa la enfermedad. La patogénesis es la lógica dominante en la biomedicina y ha permitido avances enormes en prevención, diagnóstico y tratamiento; no se trata de reemplazarla. Se trata de sostener también la otra pregunta: qué genera salud, entendiendo la salud no como una categoría fija —sano o enfermo— sino como un continuo dinámico en el que las personas se desplazan constantemente según los recursos que tienen disponibles y la forma en que los movilizan frente al estrés (Antonovsky, 1979).
Trasladado a la consulta prenatal, esto es lo que realmente importa: una consulta que solo pregunta qué podría fallar empobrece su propia capacidad de cuidar; una consulta que además pregunta qué está funcionando y qué se puede fortalecer, amplía esa capacidad sin renunciar a la vigilancia clínica que sigue siendo necesaria. De eso trata, en el fondo, generar salud durante la gestación.
El sentido de coherencia y su aplicación en la consulta prenatal
El concepto central que Antonovsky desarrolló para explicar por qué unas personas sostienen mejor su salud que otras es el sentido de coherencia, y tiene tres componentes que dialogan de manera casi literal con lo que ocurre en una consulta prenatal: comprensibilidad, la sensación de que lo que está pasando tiene sentido y es al menos parcialmente predecible; manejabilidad, la sensación de contar con los recursos —propios o del entorno— para responder a las exigencias de la situación; y significatividad, la sensación de que vale la pena involucrarse en el proceso, más allá de lo difícil que pueda resultar (Antonovsky, 1987).
La literatura en matronería ha explorado este vínculo con cierta profundidad. Downe y McCourt (2004) señalaron tempranamente el potencial que tenía este enfoque para reconstruir el conocimiento en torno al parto y el nacimiento, y desde entonces varios estudios han intentado operacionalizar esa intuición. Un hallazgo particularmente elocuente proviene del seguimiento longitudinal de Ferguson y colaboradoras (2016), que encontró que las mujeres con un sentido de coherencia más alto durante la gestación presentaban aproximadamente la mitad de la tasa de cesáreas que aquellas con un sentido de coherencia más bajo. En una revisión sistemática de estudios mixtos sobre la aplicación de este enfoque en el período perinatal, Shorey y Ng (2020) identificaron los recursos que más ayudan a fortalecer el sentido de coherencia de madres y padres —el respaldo social, el contexto sociodemográfico, los factores psicológicos y la propia experiencia del parto— y describieron además qué cualidades del equipo de salud contribuyen a ese fortalecimiento: una presencia cercana y sin apuro, información entregada con calidad, continuidad en la atención y un involucramiento real de la mujer en las decisiones sobre su cuidado.
Esto no es un dato menor. Sugiere que el sentido de coherencia no es solo una variable psicológica interesante, sino algo que la atención prenatal puede fortalecer o erosionar, consulta a consulta, según cómo comuniquemos la información, cómo distribuyamos las decisiones y cómo acompañemos la incertidumbre.
Prevenir enfermedad no es lo mismo que generar salud
Es fácil confundir ambas cosas porque, en la superficie, se parecen: en los dos casos entregamos información, hacemos seguimiento, sugerimos cambios. Pero el punto de partida es distinto. Prevenir enfermedad parte del riesgo: identifica lo que podría fallar y actúa para evitarlo. Es una lógica reactiva, necesaria, pero que empobrece la atención cuando se convierte en el único lente disponible, porque todo termina leyéndose en clave de lo que hay que evitar.
Generar salud parte de los recursos: reconoce lo que ya está funcionando —físico, emocional, social, vincular— y busca sostenerlo y ampliarlo. No espera a que algo falle para intervenir; interviene porque existe una oportunidad de fortalecer algo que ya está presente en esa mujer y en su entorno. La matronería es, por definición, una disciplina orientada al bienestar y a la fisiología normal, pero opera dentro de un modelo de salud organizado mayormente en torno a la evitación del riesgo, lo que puede terminar subordinando su propia vocación de promover salud a una lógica que no le pertenece del todo.
La gestación como ventana de oportunidad para la salud
La gestación es, biológica y simbólicamente, un período de enorme plasticidad. Desde el trabajo pionero de Barker (1990) sobre los orígenes fetales de la enfermedad adulta, sabemos que el ambiente intrauterino participa en la programación metabólica del futuro niño o niña, lo que ha dado origen a todo un campo de estudio sobre los orígenes tempranos de la salud y la enfermedad. Pero, más allá de esa dimensión fetal, la gestación es también una ventana de oportunidad para la propia mujer: un momento en que muchas personas están especialmente disponibles para revisar su alimentación, su descanso, su relación con el movimiento, su salud mental, su microbiota, su exposición ambiental y la calidad de sus vínculos.
Esa disponibilidad es, en sí misma, un recurso para la salud. Si la consulta prenatal la utiliza únicamente para entregar instrucciones, la desaprovecha. Si la utiliza para explorar, junto con la mujer, qué necesita fortalecer y qué ya está haciendo bien, la potencia. Ninguno de estos ámbitos se resuelve con una indicación aislada; todos se entienden mejor como parte de un ecosistema de salud que la gestante ya está construyendo, con o sin nuestra intervención.
Aquí conviene detenerse en algo que suele quedar implícito: cuando hablamos de recuperar o sostener la fisiología de la gestación, no partimos de la idea de que el cuerpo gestante esté fallando. La fisiología de la gestación funciona; es un proceso que el cuerpo de las mujeres sabe hacer, y sabe hacerlo bien. El problema no está, la mayoría de las veces, en la fisiología misma, sino en el entorno en el que esa fisiología intenta desplegarse.
La sociedad contemporánea no está diseñada para sostener los procesos fisiológicos de la gestación. Jornadas laborales que no contemplan el descanso que el cuerpo pide, ritmos de sueño alterados por la luz artificial y las pantallas, una alimentación mediada por la disponibilidad y la publicidad más que por las necesidades reales del cuerpo, entornos urbanos que reducen el movimiento cotidiano, niveles de estrés sostenido que el sistema nervioso no fue diseñado para tolerar de manera crónica, y redes de apoyo social cada vez más fragmentadas o distantes. A esto se suma, muchas veces, la propia atención sanitaria: rutinas hospitalarias, tiempos acotados de consulta y protocolos que no siempre dejan espacio para que el proceso fisiológico transcurra sin interferencias.
Todo esto interfiere en procesos que, en otras condiciones, se despliegan sin dificultad: el inicio espontáneo del trabajo de parto, la producción hormonal asociada al vínculo y al parto, los ciclos de sueño y descanso, la regulación del estrés, la microbiota, el apetito y la saciedad. Por eso hablamos de restaurar y no solo de proteger la fisiología: en muchos casos ya ha sido alterada, no por un problema del cuerpo, sino por las condiciones en las que ese cuerpo tiene que gestar.
Una consulta que busca generar salud puede hacerse cargo de esto de manera concreta. Puede preguntar cómo está durmiendo la mujer y ayudarla a identificar qué se lo dificulta. Puede indagar sus niveles reales de estrés y qué recursos tiene para regularlo, más allá de indicarle genéricamente que «se relaje». Puede revisar con ella su red de apoyo y no solo sus exámenes de laboratorio. Puede reconocer que recuperar estas condiciones no depende únicamente de la voluntad individual de la gestante, sino también de su contexto laboral, familiar y social, y que parte del acompañamiento consiste en ayudarla a identificar qué está a su alcance modificar y qué no.
El rol de la matrona: de detectar riesgos a favorecer recursos
Aquí es donde este enfoque puede fallar de la manera más silenciosa, y donde conviene volver a la reflexión foucaultiana que desarrollamos en la primera parte. Es muy fácil que promover salud se transforme en una nueva lista de exigencias: come así, duerme así, muévete así, vincúlate así, gestiona así tu estrés. Si eso ocurre, no hemos abandonado la lógica de la vigilancia; solo le hemos cambiado el nombre. La mujer sigue siendo observada desde fuera y evaluada según normas externas, solo que ahora en más dimensiones de su vida, incluyendo aquellas que antes quedaban fuera del ámbito clínico.
Generar salud no es una checklist de bienestar. Es una manera de mirar que parte de preguntar antes de indicar, que busca los recursos que ya existen antes de sugerir nuevos, y que reconoce que cada mujer llega con una historia, un contexto y unos límites reales, de modo que no toda recomendación «saludable» es igualmente posible ni deseable para todas. Convertir la promoción de salud en una nueva forma de control es, quizás, el riesgo más importante que enfrenta este enfoque, precisamente porque se disfraza de cuidado.
Esto implica, además, un cambio de identidad profesional, no solo de técnica. La matrona o el matrón que trabaja únicamente desde la vigilancia se pregunta, sobre todo, qué podría estar fallando. Quien trabaja también desde esta mirada se pregunta, además, qué recursos tiene esa mujer y cómo hacerlos visibles para ella misma.
Ambas preguntas son necesarias. El problema no es hacer la primera; es no hacer nunca la segunda. Cuando solo miramos el riesgo, la gestante experimenta la consulta como una evaluación permanente. Cuando también miramos los recursos, la experimenta como un espacio donde se siente reconocida en su capacidad, y no solamente en su vulnerabilidad. Esto no reduce el rigor clínico: sigue siendo indispensable saber cuándo un proceso se aleja de la fisiología y requiere intervención. Lo que cambia es que esa vigilancia deja de ser el único contenido de la consulta.
Parte de generar salud durante la gestación es, precisamente, recuperar la confianza en que el cuerpo gestante sabe hacer muchas cosas por sí mismo, incluso cuando el entorno se lo ha dificultado. La sobremedicalización de la gestación normal ha ido erosionando esa confianza, tanto en quienes atendemos como en las propias mujeres, y ese desgaste tiene un costo que rara vez se mide: menos confianza suele traducirse en más intervención, y más intervención suele traducirse en nuevas cascadas de intervenciones que no siempre estaban clínicamente justificadas. Una consulta que promueve salud no interviene por defecto; interviene cuando existe una razón clínica real para hacerlo y, en el resto de los casos, sostiene, observa y ayuda a restaurar las condiciones que la fisiología necesita para desplegarse. Eso, paradójicamente, también genera salud: menos intervención innecesaria significa menos ansiedad iatrogénica y más espacio para que el proceso fisiológico transcurra con sus propios tiempos.
La autonomía y la continuidad de cuidado
No hay generación de salud posible sin autonomía. El sentido de coherencia solo se construye cuando la mujer participa activamente en las decisiones sobre su propio proceso, y no cuando las recibe ya tomadas. Esto significa entregar información completa y honesta, incluyendo la incertidumbre cuando la hay; explicar el porqué de cada indicación y no solo el qué; y aceptar que la gestante puede decidir de manera distinta a la que nosotras habríamos elegido, sin que eso implique una sanción relacional dentro de la consulta.
La autonomía, en este marco, no es un valor decorativo que se agrega al final. Es, junto con el sentido de coherencia, uno de los mecanismos por los cuales la consulta prenatal efectivamente genera salud, y no solamente la vigila.
Todo esto —sentido de coherencia, autonomía, restauración de la fisiología— depende en buena medida de algo más estructural: quién atiende a la mujer, y si esa atención se sostiene en el tiempo con la misma persona o el mismo equipo.
Ya en 1996 la matrona australiana Noni Dickson proponía una de las primeras teorías de cuidado (caring) pensadas específicamente para la matronería, construida sobre las necesidades físicas, psicológicas, culturales, sociales y espirituales de la mujer gestante (Dickson, 1996). Su modelo identificaba conceptos como la presencia —estar con la mujer, no solo hacer procedimientos para ella—, el conocimiento profundo de su situación particular, y lo que llamaba «asegurar el control de la clienta»: facilitar activamente que la mujer participe en sus propias decisiones. Retomando el trabajo de Page (1992), Dickson resumía el resultado de una atención de matronería centrada en el cuidado en lo que se conoce como las «tres C»: choice (elección), control y continuity of care (continuidad de cuidado). Casi treinta años después, esa intuición práctica ha sido respaldada por evidencia empírica a gran escala.
La revisión Cochrane de Sandall y colaboradoras (2016), actualizada en 2024 (Sandall et al., 2024), que en su versión más reciente incluyó a cerca de 18.000 mujeres en ensayos aleatorizados, encontró que los modelos de continuidad de cuidado liderados por matronas —en los que la misma matrona o un equipo reducido acompaña a la mujer durante la gestación, el parto y el posparto— se asocian a más partos vaginales espontáneos y menos intervenciones (analgesia regional, episiotomía, parto instrumental), junto con mayor satisfacción de las mujeres, sin peores resultados para la salud materna o neonatal.
Esto importa para todo lo que hemos venido planteando, porque la continuidad de cuidado no es solo una preferencia organizacional: es, en sí misma, una condición que favorece el sentido de coherencia. Es difícil comprender un proceso, sentir que se cuenta con recursos para manejarlo y encontrarle sentido, si cada consulta la atiende una persona distinta que no conoce la historia de esa mujer ni lo que se conversó la vez anterior. La comprensibilidad y la manejabilidad dependen, en parte, de que exista alguien que sostenga el hilo de esa historia y en quien la mujer pueda llegar a confiar. La matronería que describía Dickson —presente, atenta, que asegura el control de la mujer sobre su propio proceso— encuentra hoy respaldo tanto en la teoría salutogénica como en la evidencia sobre modelos de atención.
¿Cómo sería una consulta prenatal que genera salud?
Si tuviéramos que aterrizar todo esto en algo concreto, podríamos pensarlo como un conjunto de orientaciones que se sostienen entre sí. Una consulta orientada a generar salud parte de preguntas y no de un protocolo cerrado: indaga la experiencia, los recursos y las preocupaciones reales de la mujer antes de aplicar la pauta estándar. Mira el riesgo y los recursos a la vez, sin que uno reemplace al otro. Prioriza en vez de acumular, ayudando a la mujer a identificar uno o dos focos manejables para esa etapa de su vida, en lugar de sumar indefinidamente nuevos temas. Ofrece opciones en lugar de mandatos, de modo que la misma información pueda elegirse y no solo obedecerse. Cuida activamente el sentido de coherencia, procurando que cada encuentro deje a la mujer con más comprensión de su proceso, más sensación de poder manejarlo y más sentido de por qué vale la pena sostenerlo. Ayuda a restaurar las condiciones que la fisiología necesita —sueño, descanso, red de apoyo, regulación del estrés— en vez de limitarse a indicar hábitos saludables en abstracto. Sostiene la autonomía como eje central, no como una excepción que se concede cuando el tiempo alcanza. Y, cuando el sistema lo permite, se apoya en la continuidad: la misma matrona o el mismo equipo acompañando a la mujer a lo largo del proceso, de modo que cada consulta se construya sobre la anterior y no empiece de cero.
Ninguna de estas orientaciones elimina la necesidad de vigilar lo que efectivamente hay que vigilar. Lo que cambia es el punto de partida: de una consulta organizada únicamente alrededor de lo que podría salir mal, a una consulta que también se organiza alrededor de lo que puede sostenerse, restaurarse y fortalecerse.
Esta pregunta —qué estamos generando, y no solo qué estamos vigilando— es, en el fondo, la misma que nos llevó a desarrollar en Escuela Renacer el Curso de Especialización en Atención Integral de la Gestación. Creemos que acompañar una gestación desde esta mirada requiere una formación que integre el rigor clínico con una comprensión profunda de los recursos que sostienen la salud de las mujeres —y de las condiciones del entorno que muchas veces hay que ayudar a restaurar— sin subordinar una mirada a la otra.
Quizás el desafío de la atención prenatal contemporánea no sea solamente aprender a identificar mejor los riesgos, sino también aprender a reconocer, nombrar y restaurar aquello que ya permite a las mujeres mantenerse saludables, mucho antes de que nosotras entremos a la consulta.
Referencias bibliográficas
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