Blog · Identidad · Matronería Decolonial
En América Latina, la atención del nacimiento lleva la marca de nuestra historia colonial. Esa marca no siempre se ve. Está en cómo se organizan los hospitales, en qué saberes se enseñan en las aulas, en quién decide sobre los cuerpos de mujeres y personas que gestan y paren, y en qué voces se escuchan cuando hablamos de evidencia. Mirarla con honestidad no es un ejercicio de nostalgia ni de culpa. Es una condición para transformar nuestra práctica y para reconocer formas de conocimiento que sostuvieron la vida en este territorio mucho antes de que existieran las instituciones de salud.
El 12 de octubre: nombrar lo que ocurrió
Cada 12 de octubre se nos invita a conmemorar el «Día de la Raza», el «Encuentro de Dos Mundos» o, más recientemente, el «Día del Encuentro de Dos Pueblos». Los nombres han cambiado, pero suelen conservar la idea de que hubo un encuentro entre iguales. Seamos honestas: lo que hubo fue una conquista. Hubo despojo de tierras, imposición de una lengua y una religión, destrucción de sistemas de salud propios y una violencia que tuvo en los cuerpos de las mujeres, uno de sus territorios.
Han pasado más de cinco siglos y esas heridas no se han cerrado. Siguen presentes en nuestras instituciones, en las jerarquías que ordenan el saber y en las formas en que nacemos, parimos y somos cuidadas. Hablar de descolonizar la matronería es preguntarnos cuánto de esa herencia seguimos reproduciendo sin darnos cuenta, incluso cuando lo hacemos con las mejores intenciones.
La historia que no nos contaron completa
Cuando estudié obstetricia, creía que las matronas éramos herederas directas de las parteras tradicionales. Me parecía una línea continua: mujeres que acompañaban a otras mujeres, generación tras generación, y que en algún momento pasaron a formarse en la universidad. Con el tiempo entendí que la historia era otra.
La matronería universitaria en Chile y Latinoamérica no nace de la partería tradicional, sino dentro del proyecto biomédico. La primera escuela formal de matronas en Chile se fundó en 1834 en la Universidad de Chile, y desde entonces la profesión se construyó dentro del modelo médico, con el objetivo de reemplazar a las parteras «empíricas» por profesionales instruidas en la obstetricia científica de la época. Para que la nueva profesión se legitimara, los saberes de las parteras fueron clasificados como superstición, ignorancia o peligro. Muchas de esas mujeres siguieron atendiendo, pero en los márgenes, sin reconocimiento y, a veces, perseguidas. No es casual que aún no tengamos una genealogía propia de nuestra disciplina: la historiografía disponible se ha ocupado sobre todo de la medicalización del parto y de la marginación de las parteras.
Entender esto me ayudó a nombrar algo que muchas sentimos durante la formación sin poder explicarlo: una tensión entre lo que nos enseñan y lo que intuimos que el parto y nacimiento necesita. No es una tensión personal ni un problema de vocación. Es la huella de una historia en la que nuestra profesión se construyó, en parte, separándose de quienes la precedieron.
Convivencias que no son justas
Hoy conviven distintas formas de atender el parto y nacimiento, pero no lo hacen en igualdad de condiciones. Las parteras tradicionales siguen acompañando en comunidades indígenas y rurales de todo el continente, con escaso reconocimiento institucional. En los programas de estudio, sus saberes aparecen apenas como una nota al pie, cuando aparecen. Aunque Chile ratificó en 2008 el Convenio 169 de la OIT, que reconoce el derecho de los pueblos indígenas a sus prácticas tradicionales de cuidado y medicina, la distancia entre ese reconocimiento formal y la vida cotidiana de una partera sigue siendo enorme.
Dentro del sistema de salud, la desigualdad también se expresa en cifras. En Chile, cerca de seis de cada diez nacimientos ocurren hoy por cesárea. En 2024, en la red pública las cesáreas representaron el 47% de los nacimientos atendidos. Ese mismo año, en las clínicas privadas que atienden con Bono PAD Parto la cifra llegó al 86%. Lo más revelador es quiénes acceden a esa modalidad: solo gestantes de bajo riesgo obstétrico y sobre las 37 semanas, es decir, justamente las mujeres que con mayor probabilidad podrían parir sin cirugía. La Organización Mundial de la Salud ha señalado que, a nivel poblacional, tasas por sobre el 10 o 15% no se asocian a mejores resultados para mujeres ni recién nacidos. En los hospitales públicos, somos las matronas quienes atendemos la mayor parte de los partos fisiológicos; en las clínicas privadas, son los médicos.
Estas cifras hablan de algo más que de preferencias clínicas. La forma en que parimos revela jerarquías de clase, de etnia y de acceso. Revela qué cuerpos se consideran capaces de parir por sí mismos y cuáles se gestionan como riesgo, qué decisiones se respetan y cuáles se toman por nosotras.
Formarse desde un solo paradigma
Nuestra formación es rigurosa y exigente, y eso tiene un valor enorme. Pero se transmite casi por completo desde un solo paradigma: el biomédico. En ese marco, el parto humanizado aparece como una excepción o una tendencia, el parto en casa se presenta sobre todo desde el riesgo, y los saberes ancestrales se reducen a curiosidades culturales que se mencionan sin profundizar. Como ha mostrado la antropóloga Michelle Sadler, en Chile las y los profesionales de la salud se forman dentro de paradigmas que reproducen la jerarquía y la violencia obstétrica, y en muchas universidades se siguen enseñando prácticas que la OMS desaconseja, como la restricción del movimiento durante el trabajo de parto o la rotura rutinaria de membranas.
Muchas estudiantes viven esta formación con incomodidad. Se ven obligadas a realizar prácticas rutinarias que contradicen lo que sienten, lo que observan y lo que la propia evidencia recomienda: la episiotomía de rutina, la inmovilización durante el trabajo de parto, la separación temprana del recién nacido. Aprenden a silenciar esa incomodidad para aprobar, y ese silencio deja huella en la profesional que llegan a ser.
A veces, la ciencia moderna parece «descubrir» lo que siempre estuvo ahí. El rebozo es un buen ejemplo. Nuestras abuelas lo usaron durante generaciones para acompañar la gestación, aliviar el cuerpo y favorecer el nacimiento. Durante décadas fue desestimado en los espacios académicos y hoy comienza a ser estudiado, enseñado y validado en contextos clínicos. Que la academia se interese en él es una buena noticia, pero también nos obliga a preguntarnos por qué un saber necesita ser traducido al lenguaje biomédico para ser considerado legítimo, y quién recibe el crédito cuando eso ocurre.
Voces que construyen otros caminos
Aun así, hay matronas que están construyendo otros caminos. Entre 2023 y 2024 participé, junto a Pía Rodríguez-Garrido, Nadia Salazar-Toro y Pía Villarroel-Vergara, en una investigación que buscaba comprender cómo surgen y se sostienen las prácticas contrahegemónicas en la matronería chilena. Usamos una metodología poco habitual en nuestra disciplina: los mapas corporales. Durante diez encuentros, cada una dibujó su propio cuerpo y situó en él los momentos que marcaron su trayectoria. Fue un ejercicio de memoria y también de reconocimiento: el cuerpo como lugar donde se guarda lo que sabemos.
El estudio se publicó en julio de 2026 en Frontiers in Global Women’s Health. Al poner los mapas en diálogo aparecieron tres experiencias compartidas, aun cuando nuestras trayectorias eran muy distintas: una matrona integral de familia de la zona centro-sur, una matrona aymara del norte que trabaja con parteras indígenas, y yo, desde la matronería profesional en casa y la educación.
La primera es el aprendizaje entre nosotras. Ninguna construyó su práctica solo con lo que aprendió en la universidad. Fueron decisivas las matronas con más experiencia que abrieron otras miradas, las parteras tradicionales, y disciplinas como la antropología o las ciencias sociales. En mi caso, conocer el trabajo de las parteras mapuche durante mi tesis y luego acompañar nacimientos en una casa de partos en Barcelona me mostró por primera vez la fisiología del parto sin prisa, y la calma de quienes lo acompañan.
La segunda es la validación de lo vivido. Nuestras propias gestaciones y partos transformaron la manera en que entendemos la profesión. Mi primera hija nació por cesárea y la segunda en casa, y esa diferencia, vivida en el cuerpo, cambió para siempre mi forma de mirar el nacimiento. También quedaron inscritas en los mapas experiencias de violencia obstétrica, y fue desde ellas que surgió la pregunta de qué queremos ofrecer cuando cuidamos. Esta forma de saber tiene respaldo en la literatura sobre partería: hace tiempo que se describe la intuición, la experiencia y la observación atenta como fuentes legítimas de conocimiento de las matronas (Hunter, 2008; Keating y Fleming, 2009). No son impresiones vagas, sino un saber construido en la práctica, que la formación tradicional rara vez nombra.
La tercera es la dimensión política. Para las tres, el activismo, la defensa de los derechos sexuales y reproductivos y el compromiso con los territorios fueron parte constitutiva de la identidad profesional, no un añadido. Acompañar partos respetuosos en un sistema que normaliza la intervención es, en sí mismo, una forma de resistencia.
El estudio propone entender el liderazgo de otra manera. No surge de los cargos, sino de la reflexión crítica, del trabajo comunitario y de la capacidad de crear espacios alternativos de cuidado y aprendizaje. También invita a repensar la formación de matronas, incorporando el territorio, la experiencia vivida y el conocimiento colectivo como parte del currículo. El parto en casa, que sigue creciendo pese a los estigmas, es uno de esos espacios. Trabajar fuera de las estructuras más rígidas nos permite integrar la formación académica con los saberes tradicionales, sostener la continuidad del cuidado y acompañar con presencia, no solo con vigilancia.
Escuela Renacer: nacer de una búsqueda
De esta búsqueda nació Escuela Renacer. Nació de la necesidad de crear un espacio donde la formación no tuviera que elegir entre el rigor y la sensibilidad, entre la evidencia y la memoria. Un lugar donde la identidad, el cuerpo, el arte, el territorio y la ciencia pudieran conversar en lugar de excluirse.
Queríamos integrar los modelos científicos con miradas holísticas sin perder exigencia académica. Queríamos honrar la partería tradicional como un conocimiento vivo, que no pertenece al pasado sino que sigue acompañando nacimientos hoy, y por eso invitamos a parteras tradicionales a enseñar junto a profesionales universitarias. Y queríamos contribuir a una identidad latinoamericana de la matronería que no se defina por imitación de modelos ajenos, sino por el reconocimiento de nuestra propia historia, con sus heridas y sus riquezas.
Una invitación a renacer
La matronería latinoamericana necesita sanar su historia. Necesita recuperar los saberes que fueron excluidos, ampliar la mirada más allá de un único paradigma y aprender a convivir con otras formas de acompañar sin jerarquías impuestas. Descolonizar nuestra práctica no significa rechazar la ciencia. Significa preguntarnos de dónde viene lo que sabemos, a quiénes dejamos fuera para llegar hasta aquí y qué podríamos aprender si volviéramos a escucharlas.
Te dejo algunas preguntas para llevar a tu propio espacio de trabajo:
¿Qué voces han quedado fuera de los lugares donde ejerces? ¿Qué saberes podrían enriquecer tu práctica si les dieras lugar? ¿Qué incomodidades de tu formación nunca tuviste ocasión de nombrar?
Si estas reflexiones resuenan contigo, me encantaría conversar. Estos diálogos son semillas, y lo que cada una haga con ellas en su territorio es parte de cómo la matronería vuelve a nacer.
Referencias
- Hunter, L. (2008). A hermeneutic phenomenological analysis of midwives’ ways of knowing during childbirth. Midwifery, 24(4), 405–415. https://doi.org/10.1016/j.midw.2007.06.001
- Keating, A. y Fleming, V. (2009). Midwives’ experiences of facilitating normal birth in an obstetric-led unit: a feminist perspective. Midwifery, 25(5), 518–527. https://doi.org/10.1016/j.midw.2007.08.009
- Organización Internacional del Trabajo (1989). Convenio 169 sobre pueblos indígenas y tribales. Ratificado por Chile en 2008.
- Organización Mundial de la Salud (2015). Declaración de la OMS sobre tasas de cesárea. WHO/RHR/15.02.
- Rodríguez-Garrido, P., Márquez-Mosquera, Y., Salazar-Toro, N. y Villarroel-Vergara, P. (2026). Body maps of counter-hegemonic midwifery practices in Chile: a collective case study. Frontiers in Global Women’s Health, 7, 1832260. https://doi.org/10.3389/fgwh.2026.1832260
- Sadler Spencer, M. (2016). Etnografías del control del nacimiento en el Chile contemporáneo. Revista Chilena de Antropología, 33, 45–57.
- Zárate, M. S. (2007). Dar a luz en Chile, siglo XIX. De la «ciencia de hembra» a la ciencia obstétrica. Ediciones Universidad Alberto Hurtado.